La feria de las vanidades – William M. Thackeray

La feria de las vanidades es la novela más conocida de William la feria de las vanidades 155x252 La feria de las vanidades – William M. Thackeray Thackeray y, sin duda, todo un clásico. Razón esta última por la cual muchos lectores huirán de ella como el gato escaldado del agua fría, perdiéndose así una novela increíblemente divertida que, además, logra hacernos reflexionar sobre las sombras que existen en el alma humana y en todo lo que el hombre construye.

No en vano Thackeray la intituló Novela sin héroe, una declaración de intenciones que advertía de la mirada crítica que se disponía a lanzar a su alrededor. En efecto, en La feria de las vanidades no hay héroes —tampoco villanos—, hay hombres y mujeres que tratan de conseguir un poco de felicidad y que, en cuanto seres humanos, tienen más vicios que virtudes.

Thackeray opone dos protagonistas femeninas en torno a quienes hace girar una interesante trama. De un lado, la hermosa Rebecca Sharp, de origen humilde y cuya única aspiración es alcanzar un puesto prominente en sociedad; de otro, Amelia Sedley, de buena familia y destinada a contraer matrimonio con un joven y rico heredero. Pero mientras Amelia es una muchacha pusilánime, mansa, que se resigna fácilmente con su suerte, Rebecca es una mujer de carácter, independiente y que sabe cuidar de sí misma.

De esa confrontación de caracteres femeninos no debe hacerse una lectura moralista según la cual el autor quiere señalarnos los beneficios de la virtud frente a los inconvenientes del pecado. Lo cierto es que la fortuna de ambas mujeres variará a lo largo de la narración y, de hecho, cuando a una le vaya bien, casi siempre le irá mal a la otra. Por el contrario, Thackeray trata con idéntica ironía a todos sus personajes y, en concreto, suele referirse con conmiseración a las mujeres que reúnen esas cualidades que se suponen femeninas: abnegación, paciencia, sumisión, etc., porque las convierten en víctimas.

La feria de las vanidades puede ser entendida como una instantánea que capturó los usos y costumbres del Imperio Británico de principios del siglo XIX —momento en que está situada la novela, que fue escrita en 1847−, cuando los ideales de la Revolución Francesa, aunque algo atemperados, recorrían toda Europa y la aristocracia del dinero aspiraba a ser tenida en cuenta. Pero además, y sobre todo, plantea una crítica a la sociedad de su época donde los yerros y culpas de la nobleza, el clero y la burguesía son jocosamente señalados.

En general, Thackeray denuncia una sociedad demasiado preocupada por las apariencias — y, en consecuencia, no tan diferente de la nuestra− y guiada por el egoísmo. Y, para ello, se sirve de una colección de personajes profundamente humanos, resaltando en ellos las sombras más que las luces como prueba de lo débil, mezquino y vanidoso que puede ser el hombre. Al concluir la novela, y después de haber disfrutado del humor y el ingenio del autor mientras acompañamos a Rebecca y Amelia en sus peripecias, cabe preguntarse: ¿vivimos en la feria de las vanidades porque somos seres superficiales?, ¿o somos superficiales porque vivimos en la feria de las vanidades? Probablemente ni William Thackeray logró resolver el dilema.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>